Primero, la Otra usó
su ropa. Comió en su plato, durmió en su cama, caminó en sus zapatos.
Se cortó el flequillo
(porque Ella usaba flequillo), estudió sus letras, trabajó con niños.
No había caso. La
Otra no lograba ser Ella y el Hombre lo notaba.
Entonces, la Otra se
le presentó a Ella en su casa.
- ¿Qué hacés acá?-
preguntó Ella.
- Quiero tu piel-
dijo la Otra y la tomó por los pelos y le ató las manos.
La colgó en la pared
como una estrella. Los brazos abiertos, las piernas abiertas. Desnuda.
Y empezó a trabajar
con el cuchillo como si la dibujara. Una línea aquí, un trazo allá.
Repasó los cortes
con el dedo y observó su obra. Sonrió satisfecha. Estaba lista. Ahora venía lo
mejor.
La Otra le retiró a
Ella la piel muy poco a poco para no romperla. La dobló con cuidado como si
fuera una prenda de seda y se la llevó.
A la noche, la Otra
vistió la piel de Ella. Y se metió en la cama.
El Hombre dijo Ella
en un susurro y la Otra se estremeció. El amor fue más dulce que otras
veces y el sexo, más desenfrenado.
- Ya estamos- pensó
la Otra pero no. Al día siguiente todo fue igual. El cielo seguía gris y ella
todavía era la Otra.
El odio se le hizo
más intenso. Volvió a la casa de Ella (que seguía viva, inconsciente,
suplicante).
La Otra tomó el
cuchillo con cuidado, lo clavó en el pecho de Ella y le quitó el corazón.
Una vez en la casa
del Hombre, se dispuso a preparar la cena. Peló, picó, hirvió. Sazonó, doró,
glaceó.
Puso el mantel
amarillo y las servilletas rojas, los candelabros de cristal, los platos de
fiesta. Encendió las velas. El aroma ocupaba el ambiente.
- ¿Festejamos algo?-
preguntó el Hombre.
- Nada especial-
dijo la Otra y sirvió la comida. Corazón al vino blanco con puré de calabazas.