Y dividieron el mundo por mitades, para no tener que cruzarse ni una vez. Para no verse nunca más. Para no sentir. Las veredas pares eran para uno, las impares para el otro. Los días laborables para uno, los feriados para el otro. Los días de lluvia para uno. Los soleados para el otro. El sol para uno, la luna para el otro. Y así transcurrió la vida suavemente.
Y todo permaneció tranquilo. Estanco.
Una vida repartida. Una vida acotada. Una vida solitaria. Una vida de
amargura.