martes, 21 de agosto de 2012




... soñó que él volvía a una casa que era su casa y no lo era. Estaba muy ojeroso y pálido y ella supo de inmediato que había cortado donde tenía que cortar y pegado donde tenía que pegar.
Y, a pedido de él, se unieron en un abrazo  y se tiraron en una cama (que era su cama y no lo era) como si fueran un tangram, un rompecabezas chino en el que las formas son variables y las piezas, imprescindibles.
Ella lo acariciaba en la nuca y en el sueño, sus dedos verdaderos, sus dedos de la vigilia sentían la piel de la nuca de ese hombre. Dolorosamente.

Y ella lo miraba con ojos de perdón y corazón de temerosa incredulidad, de incertidumbre.

Y el sueño terminó con la luz del día. 
Y la realidad sacudió las sábanas y tendió la cama. 

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