... soñó que él volvía a una casa que era su casa y no lo era.
Estaba muy ojeroso y pálido y ella supo de inmediato que había cortado
donde tenía que cortar y pegado donde tenía que pegar.
Y, a pedido de él, se unieron en un abrazo y se tiraron en
una cama (que era su cama y no lo era) como si fueran un tangram, un
rompecabezas chino en el que las formas son variables y las piezas,
imprescindibles.
Ella lo acariciaba en la nuca y en el sueño, sus dedos verdaderos, sus
dedos de la vigilia sentían la piel de la nuca de ese hombre. Dolorosamente.
Y el sueño terminó con la luz del día.
Y la realidad sacudió las sábanas y tendió la cama.
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